Nunca desde la recuperación de la democracia, en 1983, una elección presidencial fue un acto tan complicado y plagado de enredos para tantos ciudadanos. Seguramente los comicios de ayer estuvieron lejos de ser los más cristalinos de la historia argentina, como enfatizó el ministro del Interior, Aníbal Fernández. En ninguna de las seis elecciones de presidente de la Nación efectuadas desde la llegada de Raúl Alfonsín al poder se produjeron tantas denuncias sobre faltantes y sustracciones de boletas de los cuartos oscuros como ayer.
No obstante, sería desacertado calificar por eso de fraudulentos estos comicios o poner en duda la legitimidad del triunfo conseguido por Cristina Fernández de Kirchner, con una abultada diferencia sobre su más inmediata perseguidora.
La desorganización que se vivió en muchos centros de votación, especialmente del distrito porteño y del Gran Buenos Aires, es un síntoma del déficit de calidad institucional y también de la crisis del sistema de partidos políticos en la Argentina.
Las confrontaciones electorales deberían constituir oportunidades de superación, además de verdaderas fiestas cívicas, y no retrocesos institucionales. Nuestra logística electoral se mostró ayer parcialmente incapaz de canalizar en orden el voto ciudadano y contrastó con la practicidad que en países vecinos, como Brasil, posibilita el voto electrónico, una alternativa que, desde hoy, deberá comenzar a considerarse aquí.
Por cierto, muchos factores contribuyeron a la confusión y a los trastornos que vivieron no pocos votantes, fiscales y autoridades de mesa.
En ciertos lugares de votación faltaron los ciudadanos convocados como autoridades de mesa, lo cual provocó tardanzas en la apertura de las votaciones. Es probable que esas demoras y las aglomeraciones posteriores se hayan profundizado porque, en vistas de que se sabía que aquel problema iba a suscitarse, muchos votantes, temerosos de ser designados por la fuerza pública al frente de una mesa acéfala, optaron por no madrugar y concurrir a las urnas más tarde. El congestionamiento de electores se hizo evidente desde el mediodía hasta el final de la votación.
La responsabilidad cívica, mal que nos pese, brilló en esos casos por su ausencia y adquirió la forma de un fraude a nosotros mismos, apenas amortiguado por algunos ciudadanos que se ofrecieron voluntariamente a suplir la indiferencia de otros. Un segundo factor que obligó a prolongar la votación fue el mayor número de cortes de boletas, que en la Capital Federal favoreció a la candidata de la Coalición Cívica, Elisa Carrió, apoyada por electores que parecieron resignar a otros postulantes presidenciales de su preferencia en aras de un voto estratégico, conocido habitualmente como voto útil.
Esta situación se hizo mucho más complicada en la provincia de Buenos Aires, donde la lucha por las intendencias provocó que en no pocos distritos hubiera varios candidatos de un mismo sector político compitiendo por el mismo cargo comunal.
El origen de este fenómeno, relacionado con las denominadas listas colectoras y con la existencia de una tácita ley de lemas prohibida por la ley electoral bonaerense, no es otro que la virtual desaparición de los partidos políticos.

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